El Bautismo es el primer sacramento de la vida cristiana: perdona el pecado original y todo pecado personal, concede la gracia santificante y nos hace hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Es la puerta de los demás sacramentos. Política editorial: este artículo no copia largos pasajes bíblicos ni largos textos del Catecismo; resume la enseñanza y orienta al lector hacia las fuentes aprobadas.
La explicación más amplia se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica, en su segunda parte sobre los sacramentos, y también en la liturgia. Consultar el Catecismo y una guía parroquial fiable ayuda a comprender la materia, la forma, el ministro y el sentido salvífico del Bautismo.
La Escritura vincula el Bautismo con el mandato de hacer discípulos y con la fórmula trinitaria en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28:19). Romanos enseña que por el Bautismo participamos realmente en la muerte y resurrección de Cristo (Romanos 6:3-11). Conviene leer estos textos en todo su contexto.
Lea las fuentes
Abra Mateo 28:16-20 y Romanos 6:1-14 en una Biblia aprobada por la Iglesia. Este artículo resume la doctrina sin copiar largos fragmentos de forma literal.
Bautismo de niños
La Iglesia católica bautiza a los niños apoyándose en la fe de la Iglesia y de la familia, y al mismo tiempo exige catequesis y formación cristiana posteriores. No se trata de un rito mágico sin responsabilidad.
El Catecismo: signo, ministro y efecto de salvación
La enseñanza del Catecismo sobre el Bautismo (normalmente §1213-1284) lo presenta como puerta y fundamento de la vida cristiana: quita el pecado original y el pecado personal, concede la gracia santificante e imprime un carácter indeleble; por eso no puede repetirse. La Iglesia también enseña la materia necesaria (agua verdadera), la forma (las palabras bautismales) y el ministro ordinario (obispo, presbítero o diácono). En peligro de muerte, cualquiera puede bautizar válidamente si usa agua, pronuncia la fórmula trinitaria y tiene intención de hacer lo que hace la Iglesia. Así, Romanos 6:3-5 no habla solo de un símbolo, sino de una verdadera participación sacramental en la muerte y la vida nueva de Cristo.


