En el centro de la fe cristiana está Jesucristo: no solo un gran profeta ni un maestro moral ejemplar, sino el Hijo de Dios, verdadero Dios y verdadero hombre. El misterio de la Encarnación significa que el Verbo eterno entró de verdad en la historia humana y asumió nuestra carne. Los concilios ecuménicos de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia defendieron esta confesión frente a muchos errores. Por eso la Iglesia habla de una sola Persona divina en dos naturalezas, divina y humana, unidas sin confusión y sin división en el único Señor Jesucristo.
La Encarnación muestra a Dios acercándose a la humanidad. El prólogo de san Juan nos introduce en este misterio al proclamar al Verbo que estaba junto a Dios y que se hizo carne. La carta a los Colosenses enseña también que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad; por eso su humanidad no es apariencia y su divinidad no está ausente.
Nota teológica
Para leer en oración conviene leer Juan 1:1-18, Colosenses 2:6-10 y 1 Timoteo 2:5 en una Biblia aprobada por la Iglesia para seguir el fundamento bíblico de esta doctrina.
Esto es decisivo para la salvación: solo Dios puede salvar y solo quien es verdaderamente hombre puede representar y sanar a la humanidad desde dentro. En Jesucristo, Dios no nos salva desde lejos, sino entrando en nuestra condición, sufriendo por nosotros y elevando nuestra naturaleza hacia la comunión con el Padre.
El Catecismo: Encarnación y único Mediador
El Catecismo de la Iglesia Católica, especialmente en los pasajes citados con frecuencia alrededor de §461-478, enseña que el Verbo asumió una naturaleza humana completa para nuestra salvación. Los números citados a menudo alrededor de §606-618 muestran que la ofrenda de Cristo en la cruz pertenece al único Señor que es a la vez sacerdote y víctima. Si se niega su divinidad o su verdadera humanidad, se hiere toda la comprensión católica de la salvación y de los sacramentos.
Análisis
La enseñanza católica fiel mantiene unidas la Escritura y los concilios: Jesús no es mitad Dios y mitad hombre, sino un solo Señor plenamente divino y plenamente humano para nuestra redención.



